Lavanderas sanisidrenses
 
El 10 de enero de 1916, el naturalista Clemente Onelli pronunció la conferencia “Las glorias de San Isidro” en el Pabellón Colombo de nuestro pueblo.

Onelli había confesado que le puso un título ambiguo a la conferencia para hacerle creer al auditorio que disertaría sobre las glorias del santo labriego. “Las glorias de San Isidro” fue tema ameno, salpicado de humorismo de buena ley y de viejos recuerdos, tan caros a la tradición porteña.

En los párrafos finales de su larga disertación, Onelli evocaba a las castas lavanderas sanisidrenses:

“Podría dar por concluido el ramillete de flores delicadas que forman el conjunto de las bellas cosas de aquí. La mayor parte de ellas son glorias auténticas y de mérito que nadie puede impugnar; otras podrían ser llamadas frivolidades y vanidades por algún agriado y desencantado de la vida; dejemos a ese en su pesimismo; dejémoslo pensar que en el mundo, belleza, virtud, gloria, todo es humo y todo es vanidad; que siga usando sus lentes ahumados y sombríos. Con esa clase de gente no se hace patria, como que ante su vista enturbiada se agrisan y toman el color del crespón hasta las blancuras de nieve de los camisones que se hinchan y se agitan al viento del Río de la Plata en el bajo de San Isidro.

“Quizá ustedes nunca han pensado en esa otra modesta gloria que hace de esta orilla el Ganges sagrado de los Brahaminos, el Jordán depurador de las viejas Cruzadas, como es este pedazo de río para los porteños; no para el vulgo que se contenta con los lavaderos municipales y sus secadores de aire caliente; no para el desaseado que bien sabe que la ropa sucia se lava en casa, sino para el porteño de ‘elite’ y de tradición que recuerda a la lavandera Simona, la morena caritativa y el que quiere que la ablución limpiadora de sus sábanas y de sus manteles la haga el purificador Río de la Plata con sus olas que van y que vienen, y que el blanqueo lo termine el sol generoso y el amplio viento del lago. En la canícula meridiana canta la chicharra en la copa de los sauces, y, bajo el ramaje, inclinadas sobre la bacía que el río recién ha llenado, cantan las mujeres acompañando el ruido isocrónico de la ropa espumosa agitada por sus brazos que el sol y el agua han bronceado. Susurra el viento, chasquea el agua, chirrían las cigarras, cantan las lavanderas. Es el viejo rito tradicional que se cumple todavía a la orilla del Río de la Plata. Y las sacerdotisas de este rito, las lavanderas de San Isidro, corresponden aproximadamente a las antiguas Vestales. No así las de Chilecito, floreciente población minera de la provincia de La Rioja. Allá, en los cuartos del principal alojamiento, el British Hotel, he leído impreso este aviso, encuadrado en un marco y colgado como una plegaria sobre la mesa de noche: ‘Por razones de moral está rigurosamente prohibido recibir a la lavandera en el cuarto’. Como ven ustedes, es un certificado indirecto de buena conducta para las lavanderas de acá, y por lo tanto, un broche de oro para cerrar el relato de las glorias de San Isidro”.

“Conferencias. Las glorias de San Isidro”, La Nación, Buenos Aires, 11 de enero de 1916, p. 5





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