Órdenes de Caballería. Sumaria historia de sus orígenes, evolución e insignias, por Carlos Dellepiane Cálcena*
 
En la primera mitad del siglo XI, la Caballería era un trabajo más entre otros posibles para aquellas personas que, no siendo de fortuna, hubiesen tenido la posibilidad de comprar caballo y arreos para montarlo.

Al fallecer algún señor feudal de fortuna no cuantiosa, dejaba a sus hijos segundones apenas lo suficiente como para comprar caballo y arreos y, así, el recipiendario de aquellos pocos bienes debía conseguir ocupación para afrontar las necesidades de la vida cotidiana. De esta forma se convertían en verdaderos mercenarios, que vendían su trabajo a quien necesitara de los servicios de hombres de armas.

El entrenamiento de los hijos varones de los señores feudales comenzaba en la niñez. Luego de servir cierto tiempo como pajes en el feudo de otro señor, al llegar el tiempo en que el cuerpo se robustece, actuaban como escuderos y pronto les llegaba el ansiado momento de convertirse en Caballeros.

En cuidada ceremonia se acolaba al joven, hecho que le permitía usar armas, espuelas y escudo para luchar por su divisa.

Es oportuno recordar las cinco virtudes de la Caballería: Valor, Lealtad, Generosidad, Franqueza y Cortesía.

Era la época en que se reunían con carácter festivo las cortes de los señores, para presenciar encuentros entre dos contendientes, llamados justas, o entre más de dos, denominados torneos. Muchas veces perdían la vida o sus pertenencias, las que pasaban a propiedad del vencedor, en fiestas de sangre y amor. Sangre segura, amor según los libros de Caballería.

Los Caballeros también cumplían servicios para los hospitales y conventos dependientes de las órdenes religiosas, como custodiar caravanas para protegerlas de los habituales asaltos.

Las continuas contiendas entre los señores feudales preocuparon al papado y a los reyes, que veían desaparecer sus mejores guerreros. Considerando que los árabes habían conquistado Jerusalén en el 622, decidieron encausar ese desgaste de mejor forma, impulsaron las cruzadas y propiciaron la recuperación del Santo Sepulcro.

Todas estas circunstancias condicionaron la aparición de las órdenes religioso-militares, que reunieron a Caballeros bajo votos de pobreza, castidad y obediencia.

Agrupados bajo la dirección de un Gran Maestre, regidos por las decisiones de un Consejo bajo la admonición de un Santo Patrono, con capilla propia y alquería para vivienda y entrenamiento, necesitaron mostrarse como miembros de una institución con propósitos definidos.

En los primeros años los símbolos de pertenencia a una orden, se cosían o bordaban en la sobreveste del Caballero y no representaban jerarquía. Sólo los dignatarios de la Orden, lucían elementos de distinción. El Gran Maestre, el Canciller, el Rey de Armas, el Heraldo y el Persevante, solían agregar a su atuendo joyas distintivas de su rango.

Así las órdenes religioso-militares acogieron a los Caballeros, los que se convirtieron en el soldado-monje, o monje-guerrero, que sin el compromiso del sacerdote sirvieron a la Iglesia ofreciendo su tiempo, pertenencias y hasta su vida.

Pasado el tiempo de las cruzadas, nacen las órdenes dinásticas, familiares, imperiales o reales. Se crea la necesidad de premiar no sólo los hechos de armas, sino también los méritos científicos, artísticos, culturales y humanitarios. Ello dio lugar a la aparición de las Órdenes de Mérito.

Conocidas y algunas existentes hoy, se pueden recordar las del Santo Sepulcro, San Juan de Jerusalén, Templarios y las de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, estas cuatro últimas en territorio español.

A mediados del siglo XIV las órdenes establecen jerarquías entre sus Caballeros y comienza la etapa en que las señales de tela cocidas en las ropas, se convierten en finas joyas que diferencian estas jerarquías dentro de la organización.

Es a comienzos del siglo XIX, que Napoleón elimina en Francia y en otros territorios de su dominio, cantidad de órdenes reales, destierra de la Isla de Malta a los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén y funda la tan codiciada Legión de Honor, la que llegará -en todo el mundo- a signar el prototipo de la organización de una orden.

Y así aparecen las jerarquías que han llegado a nuestros días: Gran Cordón, Gran Oficial, Comendador, Oficial y Caballero. Con el paso de los años se estableció la jerarquía de Collar como galardón mayor, el que se acostumbra otorgar a jefes de estado o soberanos reinantes. En muchos casos, como el nuestro, el Collar puede ser usado por el Gran Maestre mientras dure su mandato.

Advierte Santo Tomás -quien vive entre 1225 y 1274- en su célebre Suma Teológica, obra que importa una clara exposición e interpretación de la doctrina aristotélica, que “...la justicia distributiva es aquella que es debida por la comunidad a sus miembros”. De allí el acto que los estados ejecutan al premiar. Al otorgar condecoraciones, ejercen justicia distributiva.

A lo largo de las centurias las órdenes identifican a sus caballeros mediante uniformes de gala y muy especialmente con piezas de joyería para uso de los recipiendarios. La belleza de las piezas con sus metales, esmaltes y filigranas, satisface a los coleccionistas más exigentes y el conocimiento de la historia de las órdenes que las otorgan constituye un tema apasionante.

Dentro del alcance de esta materia, desde el punto de vista del motivo de su creación y entrega, se pueden distinguir tres tipos de elementos:

Orden. Se denomina con este término, no sólo a la institución otorgante, sino también a las piezas que recibe el miembro de aquella.

Medalla de Mérito. Pieza que se otorga a quien ha realizado una acción concreta en un determinado momento, como ser la actuación destacada en un combate, actos de arrojo civil, etc. Hay algunas órdenes que también conceden medallas.

Condecoración. Es un término un tanto indefinido, que la Real Academia describe como “Cruz, venera u otra insignia semejante, de honor y distinción”, es decir que debe considerarse como genérico y referido exclusivamente al objeto motivo del tributo.

Cruz. Es otra forma de generalizar el término venera, ya que gran cantidad de éstas están basadas en los diversos tipos de cruces: latina, griega, potenzada, paté, patriarcal y otras más.

Es creencia corriente que las Órdenes otorgan nobleza, no siendo esto lo general y menos aún en el último siglo. Muy pocas órdenes conceden nobleza. Debe quedar claro, que sí hubo y hay órdenes que la exigen para poder ingresar a ellas.

*Académico de Número de la Academia Argentina de Ceremonial.


Orden de la Jarretera, ilustración de Luis Mc Garrell


Ilustración de portada: Orden del Toisón de Oro, por Luis Mc Garrell.