El arte como instrumento integrador, por María Alejandra Vela
 
El estilo barroco, con su dinamismo y riqueza de ritmos, de acentos y contrapuntos, fue uno de los instrumentos más importantes empleados por la Iglesia Católica en la propagación de la fe y en la instrucción del pueblo a través de la admiración, el respeto, la comprensión y el sentimiento de unidad entre los hombres.

En la obra de arte, lo sagrado está siempre presente... lo percibimos; de ahí nuestro respeto y nuestra veneración. A partir de 1620, los pintores, músicos, escultores y arquitectos barrocos, con el mecenazgo de la jerarquía eclesial, se convirtieron en incansables constructores y embellecedores de edificios sagrados. La expresión por excelencia de la psicología religiosa del siglo XVII español y de otros países católicos de Europa, sumado a las numerosas colonias en América, Asia y África, fue el arte de la “imaginería” y la arquitectura. El fervor que producían las sagradas imágenes en las procesiones (aún en la actualidad), reflejaban la gran intensidad del sentir popular: anhelo, esperanza, arrepentimiento y trascendencia; muerte y renacimiento, culpa y perdón; sentimientos y matices del alma siempre presentes en todos nosotros desde el comienzo de los tiempos. Dentro de estos anhelos comunes, existían sin embargo, pequeños matices regionales, obedeciendo a los distintos caracteres de sus gentes. En Castilla la imaginería era dura y severa; graciosa y amable en Sevilla, en Austria y Alemania adusta y espiritual. En las distintas colonias dispersas por el mundo, veremos un maravilloso muestrario de sincretismo y asimilación de tipo cultural religioso: en nuestra América, el toque indígena y criollo estará siempre presente. El sentimiento mágico y telúrico de nuestros indios, se expresará intensamente en el rico diseño de los brocatos de las esculturas y de las pinturas; en los materiales empleados totalmente desconocidos en Europa (diferentes tipos de verdes obtenidos por el tinte de pastos u otros vegetales como el Laurel-Laurelia aromática mezclado con Canelo-Drymiswinteri, la Yerba Mate-Ilex paraguaiensis); diversos colores, tanto pigmentos como tinturas de raíces como por ej. el Azafrán de la Puna-Chuqiragua longiflora, de coicas rojo; el Palo de Santo Domingo o Tista-Tista-Randia pubescens, de tono rosado; el Añil-Indigofera suffructicosa Mili., Indigofera kurtzii Harms, gajos triturados de intenso azul; la molienda de piedras locales, de crustáceos o insectos como la Cochinilla-Dactyüopiíp Coccus Caota, pigmento de origen animal de color rojo (el más intenso conocido en esos tiempos y altamente codiciado por los europeos), estos insectos se criaban en colonias sobre las pencas de los cactus de las tunas. En 1871, en la Exposición Nacional que organizó la provincia de Córdoba, se encuentra un archivo de la época que dice sobre la Cochinilla refiriéndose a la encontrada en San Juan y que compara con la de Santiago del Estero: debe advertirse que el insecto, especialmente en el Valle Fértil es muy abundante y de tan excelente calidad como lo mejor de Santiago del Estero. Otro ejemplo de la gran variedad de pigmentos son los colores tierras que van desde el ocre amarillo al marrón agrisado, Nalca o Pangue-Gunnera chilensis, raíces y tallos, o el Algarrobo Negro-Prósopis nigra; éstos son solamente algunos ejemplos de la gran variedad de colores y texturas de tinturas y pigmentos provenientes de nuestra América, extraídos y elaborados por nuestros indígenas, gracias al depurado conocimiento experimental que fueron acumulando a través de los siglos.

Colores americanos

Pero la concepción americana de los materiales, de la forma y del color; tenían como raíz el concepto de lo sagrado en las pequeñas y grandes cosas de la Vida. La presencia sacra y omnipresente de la Naturaleza y de sus polifacéticas manifestaciones, es representada por medio de atributos simbólicos en nuestro continente. Esta gran variedad de riqueza mitológica sumada al culto y adoración a los antiguos dioses como los de la fertilidad, la Gran Madre cósmica universal, la diosa del mar, la vida después de la muerte, la prosperidad, buena cosecha, el dios de la lluvia, el sol y la luna, son transferidos a la nueva religión. En países como Brasil o las antiguas colonias portuguesas en Asia y en África, observamos este hecho característico de sincretismo religioso cultural y de síntesis conceptual, que se refleja en la elección de los materiales (marfil, maderas locales, piedras blandas y arcilla) y también en la tipología morfológica de las piezas así como en los atributos y colores pertenecientes a los antiguos dioses. Todo esto hace a la rica iconografía religiosa católica autóctona. Veremos a partir de esta modalidad de integración cultural colonial, el resurgimiento de un arte de características barrocas, pero con una dinámica interrelación de todas las culturas que fueron conformando este nuevo mundo en lo conceptual y en lo manifestado a través del comercio, la religión, la esclavitud, y de las nuevas clases sociales y raciales. En las Indias Occidentales, hubo una marcada influencia de célebres artistas europeos; podemos constatarlo especialmente en la pintura virreinal cuzqueña y su influencia en el resto de América. Uno de los autores más imitados estilísticamente, fue Caravaggio (1573-1610). Introdujo en la pintura de su tiempo un estilo vigoroso, un dibujo enérgico y preciso, con tipos humanos de apariencia tosca y popular, además de un nuevo concepto de iluminación oblicua de arriba hacia abajo. El “tenebrismo” de las escenas, sale del temperamento español, con artistas como Zurbarán, Murillo y Ribera, pero que serán atemperadas a través del siglo XVIII por artistas posteriores y por el sincretismo antes mencionado. Paralelamente a estas influencias, hay que sumar también la flamenca, portadora de la versión directa de los maestros de la Flandes católica, que todavía era posesión de la Corona Española. Su artista más notable fue Rubens (1567-1640); artista universal de enorme influencia en la pintura europea y también en la virreinal (por algunos originales o copias que llegaron a Lima y a otros lugares). El paisaje flamenco con sus risueñas lejanías de lagos y bosques, es transformado, adaptado y luego ejecutado, por la expresión del espíritu andino americano de los diversos artistas criollos e indígenas.

Encontraremos en la pintura y en la imaginería colonial, una enorme variedad de iconografía, debido a la gran actividad desarrollada por Franciscanos, Dominicos, Jesuitas, Mercedarios, Carmelitas y Catalinas, entre otras Órdenes y Congregaciones. Estas congregaciones trajeron al Nuevo Mundo, piezas de imaginería de célebres maestros como las de Juan Bautista Vázquez, El Viejo o su hijo y discípulo llamado El Mozo; o las del gran escultor andaluz Juan Martínez Montañés, además de otros artistas europeos, que fueron fuente de referencia estilística e iconográfica para los artistas nativos.

A partir de fuentes documentales, sabemos que un filipino (perteneciente a la Gran Colonia de la Nueva España), Esteban Sampzon, actuó en Buenos Aires desde 1773, figurando como “maestro estatuario” del Convento de Santo Domingo de dicha ciudad además de haber trabajado también en Córdoba. En Santiago del Estero, tenemos la referencia del gran artista Melchor Juárez de la Concha, a quien se le atribuye la escultura de “San Jerónimo”, encargada por el rector del Seminario de esa ciudad a fines del siglo XVII, por la que le pagaron la suma de 66 pesos; la maravillosa cabeza de San Francisco de Asís, ejecutada por el maestro español Felipe de Rivera (madera tallada y pasta, policromía no original; ojos de cascarón de vidrio, dientes de nácar), la maravillosa imagen de San Francisco atribuida al mismo maestro y el gran conjunto de valiosas imágenes que conforman el Museo de Arte Sacro Franciscano, en Santiago del Estero.

Podemos nombrar y describir un importantísimo listado de magníficas piezas de artistas europeos, asiáticos y americanos; artistas muy renombrados, otros tal vez no tanto y muchos simplemente presentes por la inmortalidad del anonimato. Quisiera citar algunas magníficas obras de arte, situadas en nuestro país:

La Virgen del Milagro, atribuida a Tomás Cabrera (Iglesia Catedral de Salta), el San Jerónimo Penitente, escultura española del siglo XVIII (Iglesia Parroquial de San Jerónimo, provincia de Santa Fe), el Nazareno, escultura de madera procedente de Brasil (Museo Jesuítico de Jesús María de Córdoba), el Santo Domingo de Guzmán, cabeza de imagen de vestir, siglo XVIII, procedente de Quito Ecuador (Museo de Arte Hispanoamericano “Isaac Fernández Blanco”, Buenos Aires), el San Juan Bautista (maguey, cardón y pasta modelada), Noroeste argentino (Iglesia Catedral de Humahuaca, provincia de Jujuy, siglo XVIII), la Dolorosa, atribuida a Luis Giorgi (Iglesia de la Virgen de la Candelaria, provincia de Salta), la maravillosa talla cuzqueña de San Antonio de Padua del siglo XVII (Iglesia de San Francisco de Asís, Yavi, provincia de Jujuy), el venerado Cristo del Milagro (Perú), Catedral de Salta, siglo XVII y Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción de Itatí, Provincia de Corrientes, siglo XVII.

El listado de imágenes barrocas coloniales en Argentina, es muy largo... A través del conocimiento y buena conservación de cada pieza, podemos hacer una profunda lectura de materiales y técnicas de ejecución; de características estéticas, estilísticas e iconográficas. Toda la imaginería y pintura colonial de ejecución local, tiene la particularidad de los materiales autóctonos de cada lugar, de cada provincia; particularidades que la diferenciarán del arte barroco europeo.

Conservar y catalogar

Es de suma importancia, que logremos poder conservar, catalogar y exhibir, todo éste riquísimo capital artístico, para que cada provincia argentina pueda conocer la totalidad de su patrimonio cultural y pueda evitar presentes y futuras pérdidas.

Mirando hacia atrás, podemos entender, respetar y valorar lo que hoy tenemos. Si rescatamos y cuidamos nuestras raíces aquí y ahora, tendremos sin lugar a duda, un mejor presente y un prometedor futuro y como siempre suelo afirmar: toda expresión artística en cada una de sus disciplinas o cada referente histórico que podamos rescatar, son y serán valiosísimas piezas que ayudarán a conformar éste maravilloso puzzle histórico que hacen a nuestra polifacética cultura argentina y nuestro sentir americano.

He aquí un maravilloso ejemplo del poder integrador del arte. Desde mediados del año 2007, a partir de un convenio marco entre diferentes instituciones de la provincia de Santiago del Estero (Subsecretaría de Cultura, Fundación Cultural Santiago del Estero y Asociación Provincial de Artistas Plásticos), con la dirección en restauración y en conservación de quien suscribe, estuvimos trabajando intensamente, cada uno desde su función y desde su lugar, en la “puesta en valor del Museo de Arte Sacro de San Francisco”. Pienso que éste pequeño gran Museo (pequeño espacialmente, pero inmensamente grande en la calidad y diversidad de cada una de las piezas), es un valioso testimonio de lo que significa trabajar conscientemente en equipo de manera ordenada y armoniosa. Cada una de las instituciones, mejor dicho, cada miembro que compone este convenio marco, ha aportado lo mejor de sí, con la conciencia y la responsabilidad de la magnitud que este proyecto representa: “la Restauración completa del patrimonio histórico cultural del Convento de San Francisco”.

El proyecto abarca la documentación, restauración y conservación de la totalidad de las piezas (aprox. 300), y se dividió en 3 etapas. En julio se procederá a su inauguración con la exposición de un tercio de las piezas restauradas.

Las obras de arte datan aproximadamente del siglo XVIII, muchas de ellas firmadas por maestros españoles, algunas posiblemente de procedencia peruana o ecuatoriana y varias autóctonas.

La mayoría de las piezas intervenidas en esta primera etapa, son esculturas de madera policromada (estucadas con color y detalles de hoja de oro; muchas de ellas tienen dientes de nácar tallados y ojos de cascarón de vidrio). Entre las esculturas de madera, encontramos imágenes de vestir, imágenes de talla completa y en algunos casos imágenes con ropajes de tela encolada. Como primera medida se hizo un exhaustivo relevamiento, diagnóstico y propuesta de trabajo para cada obra. Después de varios meses de remoción de polvo superficial, desinfección de microorganismos e insectos, de la lenta consolidación de los grandes desprendimientos provocados por motivos varios; comenzamos con la etapa de extracción de repintes (en la mayoría de las piezas, éstos eran de 3 a 4 capas); siguiendo por la reposición de faltantes (estuco), de reintegración cromática (retoque) hasta llegar a la terminación final imitando el brillo característico de la época. Gracias al entusiasmo (exaltación del ánimo bajo la inspiración divina) de mis colegas, mío y de todos los presentes en éste proyecto, al poder de expansión de esta noble actitud –¿por qué no decir gracias?– logramos un gran número de donaciones de antiguos textiles y puntillas que nos servirán para vestir muchas de las maravillosas imágenes; en algunos casos teñiremos nosotras mismas textiles nuevos a la antigua usanza, para tratar de imitar los colores de la época en caso de reposición.

Mientras trabajamos en el proyecto, una gran cantidad de personas se han acercado a ofrecer colaboraciones, involucrándose verdaderamente con el Museo y sintiéndose parte de ésta “puesta en valor”.

Aquí nos damos cuenta de la veracidad del poder integrador del arte. La restauración del Museo de Arte Sacro, enriquece la historia, la identidad provincial, la del país y la de todos nosotros.

Cuando digo en Buenos Aires, que en Santiago del Estero recobré mi argentinidad también afirmo, que lo que estamos logrando es ejemplar: cada estrato de la sociedad, cada idiosincrasia política y social, la suma de profesionales, todos nosotros trabajando conjuntamente para el bien común; en donde podemos desarrollar y volcar, todo lo mejor que sabemos hacer... creo que ahí está la base para que las cosas salgan bien.

El criterio empleado en la “puesta en valor del Museo de Arte Sacro”, fue el de darle a todas las disciplinas artísticas el lugar que se merecen y al que pertenecen; intentando que las piezas formen parte de un gran contexto que es el de la arquitectura, la pintura, la música, la iluminación, en fin, al gran número de detalles que hacen a la precisión de un tiempo histórico determinado, plasmado el mismo en la actualidad. Nuestra intención es que dicho criterio sea un valioso referente histórico para cada visitante provincial, nacional o extranjero y que el Museo sea motivo de presentes y futuras fuentes de investigación interdisciplinaria, ya sea por la calidad de las piezas, como también por todo el acervo histórico cultural que Santiago del Estero ofrece por ser la provincia más antigua de la Argentina.


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